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Cuando restaurar es arte mayor
08 de febrero de 2018, Internacional

Johnny Cash se pone frente al micrófono y canta, con voz rota y cansada: "I hurt myself today...". La canción no es suya, sino de Trent Reznor, líder de Nine inch nails. Después de terminar el último verso, "I would find a way", la posesión de Hurt pasó de Reznor a Cash. Porque Cash, solo con las inflexiones de su voz, solo con el tono elegíaco que le dio a la melodía, la hizo suya. En cada una de sus notas y palabras.

En las antípodas de este ejercicio de posesión, imaginemos a uno de los múltiples pintores trabajando en la restauración de la Capilla Sixtina. Allí la clave es que ciencia y arte se aúnen para restaurar el pulso de la obra de un artista mayor a las alturas que debió alcanzar antes de que el deterioro del tiempo se cobre su peaje. El trabajo de restauración, humilde y anónimo, se convierte en arte mayor por la experiencia que habilita en los espectadores.
Eso es exactamente lo que hace a este remake de Shadow of the colossus, obra maestra de Fumito Ueda, una obra maestra. Que los restauradores de Bluepoint, con un respeto infinito al original, han logrado que la experiencia de esta obra, siendo idéntica en sus elementos, se acreciente a cotas que eran imposibles en el original. Porque el videojuego ha sido una paradoja, como en grado menor lo ha sido el cine, de la correspondencia entre los límites de lo tecnológico y los límites de lo estético.

En un artículo de título brillante, Restauración artística: La delgada línea entre arte y ciencia, Matthew Chakly escribe para la Universidad de Yale un reportaje sobre cómo la restauración aúna estas dos vías del conocimiento humano que a menudo nos empeñamos en separar como compartimentos estancos del saber, cuando existe una porosidad evidente, desde siempre, entre ambas. No hay más que pensar en Leonardo Da Vinci. No era un científico y un artista, era una amalgama de los dos. Se puede decir que Bluepoint, el estudio responsable de la restauración de este videojuego, es también una amalgama de arte y ciencia o, más precisamente, arte y tecnología. Porque el paradigma tecnológico que manejan habilita una experiencia artística imposible de él.

¿Y de qué experiencia hablamos? De lo sublime.

Da rabia y tristeza pensar que artistas del pasado se pierden grandezas del futuro por lo inevitable de la muerte. Imagino a los Shelley, Lord Byron y Willian Keats frente a Shadow of the colossus y sonrío al visualizar los ojos desorbitados, el temblor de sus manos, la boca congelada en una mueca de espanto y fascinación mientras trepan la pelambrera de uno de los 16 titanes a matar en este videojuego. Imagino los versos apasionados sobre la soledad del hombre y la aplastante enormidad de lo salvaje después de que pasearan, a lomos de Agro, un inmenso bosque de árboles que se pierden en las alturas o un desierto del que emergen ruinas de civilizaciones muertas. Un Turner, probablemente, se olvidaría por un tiempo del mar y viajaría a los cielos para representar al titán decimotercero, una serpiente alada de 170 metros de longitud. Y un Miguel Ángel plasmaría en mármol el atroz dolor de un coloso apuñalado por el hombre que le da muerte: el jugador.

Es difícil transmitir por qué una mera actualización visual puede tener un impacto tan significativo en una obra, pero me esforzaré en argumentarlo. Shadow of the colossus, en su mayor parte, es un juego sobre esa experiencia de lo sublime romántica, el sentirse pequeño y abandonado ante una naturaleza gigantesca. Las praderas, las escarpadas montañas, el laberinto boscoso, el desierto son tanto o más protagonistas que el solitario antihéroe y su caballo o cualquiera de los colosos a los que debe vencer. El título de Ueda, publicado en 2005, no podía representar la grandeza de lo natural por una imposibilidad tecnológica. Tenía que simularla alegóricamente y dejar que la imaginación del jugador obrara el resto. Funcionaba, o creíamos que funcionaba.

Salto al 2018. Cada brizna de hierba, cada roca, cada cascada que se despeña, cada árbol, cada loma herbosa, rocosa o arenosa, cada ruina abandonada, cada caverna solitaria, cada valle entre montañas. Todo transmite la enormidad de lo real. Es más, es lienzo en movimiento, es más bello y nítido que la realidad misma. Jugado a pocos metros de una pantalla de más de 40 pulgadas, aislado del mundanal ruido con unos cascos de sonido envolvente, la experiencia de simplemente cabalgar con Agro por una pradera se convierte en trascendente, en poesía en movimiento. Los puntos más álgidos de cualquiera de los 16 combates rozan el síndrome de Stendhal. Enloquecen por abrumadores.

Y al mismo tiempo que Bluepoint obra este realce asombroso, se mantiene fiel hasta un punto rayano al fanatismo a la obra original. Es una declaración de amor, de pasión desmedida, por el juego que les ha tocado restaurar. Se siente, por el cuidado obseso conque se respeta todas las decisiones estéticas, mecánicas y de diseño de Ueda, que todos los restauradores veneran a Shadow of the colossus como lo que es. Una Capilla Sixtina. De su medio y de cualquiera.

Shadow of the colossus abre, en paralelo, otro debate interesante. Si una restauración puede tener semejante impacto, solo por elevar su estética allí donde el original quería pero no podía llegar, ¿qué valor hay que dar a los restauradores? ¿El de meros artesanos, incomparablemente menos valiosos que aquel diseñador que lanza una idea original? ¿O si hablamos de un resultado como el que nos ocupa, tenemos que cruzar esa fina línea de la que habla Mackley y considerar que la restauración, especialmente en videojuegos, debe de considerarse un arte? Otra hebra más que sumarle a estas reflexiones. ¿Hay que exigir, por el bien del legado cultural futuro, que las obras que estaban limitadas por su tecnología se actualicen hasta alcanzar las cotas que soñaron sus padres artísticos?

Me mojo, porque a ello hemos venido. A falta de que quien fuere me demuestre lo contrario, tengo muy claro que Shadow of the colossus es la obra maestra a batir de este 2018. Me parece muy difícil, y sé que Nintendo atraviesa la racha más extraordinaria en calidad y cantidad que hayamos visto, que pueda jugar otra experiencia este año que siquiera se acerque a lo que he experimentado con esta obra. Y sí, para mí esta restauración es arte. Arte con mayúsculas.

Fuente: https://elpais.com
Link: goo.gl/rKuRKp